ÉTICA Y ESCRITURA EN LAS TRANSICIONES POLÍTICAS. LOS CASOS DE PUNTO DE VISTA Y NOVOS ESTUDOS DEL CEBRAP
I
El sombrío final de los años ‘90, que cerraron sobre el fracaso de los programas neoliberales, el avance indiscriminado de la industria cultural, la inestabilidad de los sistemas financieros globalizados y la violencia de órdenes sociales cada día más inequitativos, echó en el olvido los optimismos democratizadores que nuestras sociedades profesaran apenas una década atrás. A esta situación límite[1], se suma la sensación de un vacío de ideas alternativas que permitan proyectar un futuro más justo para los países latinoamericanos. Los diagnósticos son sombríos y los pronósticos inciertos. Ahora bien, se dirá que la década del ‘80 tampoco dejó de ser un período marcado por la inestabilidad, la desorientación y la incertidumbre, sin embargo, no se puede negar que – lejos del desencanto ideológico actual – funcionó sobre la base de un convencimiento político y social acerca de la legitimidad de los sistemas democráticos que garantizó una permanencia de los derechos civiles, si bien aún no muy prolongada, lo suficientemente estable como para alejar los fantasmas de los golpes de Estado que amenazaron los últimos tramos de nuestra historia.
En los ‘80, Brasil y Argentina desembocaron, con variantes particulares, en procesos de transición política que daban por acabados dilatados períodos de dictadura militar. De las significaciones imaginarias que estos procesos pusieron en circulación, se puede decir que la apuesta en una sociedad que regulase por sí misma el juego institucional fue la que hegemonizó el campo político, social y cultural de estos países.[2] La democracia, en tanto sistema de instituciones, venía a garantizar una forma política y social contrapuesta a todo régimen dictatorial en la medida en que institucionalizaba el conflicto político y hacía del poder un lugar infigurable. Como explica Lefort[3], el ejercicio político democrático, que se establece sobre una competencia reglada y periódica, vacía el espacio del poder haciendo de éste un lugar inocupable, de tal forma que ningún individuo ni grupo le puede ser consustancial. Es teniendo en cuenta este alto grado de indeterminación, inherente a todo sistema democrático, que la idea de reconstruir una sociedad sobre estos valores se presentó como la única salida histórica que permitía conjurar la inmovilidad política y social que impusieran los regímenes militares.
Los intelectuales de izquierda no permanecieron ajenos a este imaginario democrático en torno al cual se organizó la oposición que ejercieron durante las dictaduras. No obstante, hay que señalar que a esta oposición se sumaba la puesta en crisis de un paradigma ideológico que había comenzado a dar señales de agotamiento. Más precisamente, para determinados sectores de la izquierda, la idea de la restauración de un orden social democratizado venía a desplazar y sustituir la idea del cambio social por la vía de la ruptura revolucionaria. Este desplazamiento del paradigma revolucionario hacia el democrático formaba parte de una revisión crítica del ideario de izquierda que ciertos sectores llevaban a cabo como consecuencia del derrumbe de las referencias históricas que antes habían ubicado al marxismo en el orden de lo real. Como señala Badiou, hacia estos años, la desintegración de los referentes del marxismo había agotado su crédito y lo había dejado ante “la imposibilidad de seguir librando pagarés contra la historia”[4].
En este marco de crisis marxista, los intelectuales de izquierda se vieron obligados a revisar sus posiciones políticas y a realizar desplazamientos que implicaban un cuestionamiento ético e ideológico inevitable. Es en este sentido que puede leerse ese ajuste intelectual que gran parte de la izquierda de Brasil y Argentina asumió durante los años de la transición y que la obligó a redefinir su inserción en los ámbitos político y cultural de sus países al presentar un frente único de oposición a los regímenes autoritarios, al colocarse explícitamente en la plataforma de restauración de los derechos democráticos y al reinsertarse en el conjunto de la sociedad civil. A pesar del tono desencantado que muchos de estos intelectuales asumieron en los ‘90, no podemos dejar de señalar el tono eufórico que sus discursos sobre la democracia tuvieron en la década anterior cuando, huérfanos de los grandes relatos que habían impulsado su accionar, levantaron las banderas democráticas como las armas legítimas para enfrentar el autoritarismo y proyectar las posibilidades de una sociedad con bases reales en la justicia y la igualdad.
En términos generales, esto es lo que puede leerse en títulos como Punto de Vista (Argentina, 1978) y Novos Estudos del Cebrap (Brasil, 1981), revistas paradigmáticas de la izquierda que, a modo de estrategias de intervención cultural, aspiraron a reconstruir espacios de discusión con vistas a la configuración de prácticas democráticas.
La izquierda – sostienen Heller y Feher[5] – representa siempre un tipo de insatisfacción frente al orden establecido. Flores d’Arcais[6] precisa que esa insatisfacción “implica un presupuesto ético-emocional que le da su fuerza y la vuelve concreta”. Por su parte, Bauman afirma que no puede haber izquierda sin “una positiva y efectiva crítica de las negligencias, retrocesos y mala administración en la implantación de la promesa cultural de una sociedad mejor, sin la convicción de que esta promesa cultural es viable y, en principio, realizable”[7]. La izquierda democrática que impulsó a Punto de Vista y Novos Estudos, en los ‘80, configuró una insatisfacción ante el estado de las cosas y adquirió su fuerza de un impulso ético-emocional que la llevó a ser, a un mismo tiempo, intervención crítica y promesa cultural.
Ahora bien, si el presupuesto que moviliza a la izquierda es de orden ético-emocional, su insatisfacción – señalan Heller y Feher – refleja las esperanzas del proyecto iluminista. En otras palabras, si el núcleo de las pasiones es inseparable de convicciones que no aceptan la desigualdad como principio de relación social, las razones inventivas serán buscadas en las potencialidades de un iluminismo histórico que hiciera de la equidad y la justicia social el horizonte de toda intervención política y cultural. Es en este sentido que la intelectualidad de izquierda de estas revistas se proyectó desde la esfera cultural hacia el espacio público y buscó articular voluntades de participación y transformación social que restituyesen un ejercicio de ciudadanía que había sido sustraído por regímenes dictatoriales que pretendieron hacer de estas sociedades un terreno propicio para las voluntades serviles.
Fue profundamente señalado que el largo y sórdido trabajo de moldear una voluntad de obediencia servil había sido el objetivo de los procesos militares que, en Argentina y Brasil, asumieron las formas más siniestras del autoritarismo. En estos contextos, para Punto de Vista y Novos Estudos la configuración de una ciudadanía crítica, transformadora y autoconsciente, así como el ejercicio de una práctica política democrática se presentaban como imperativos irrecusables. Puede afirmarse, entonces, que ambas publicaciones trabajaron en la línea de valores y legados que sostienen la fuerza transformadora de las instituciones y que buscaron favorecer la constitución de una ciudadanía menos conservadora. Las páginas de las dos revistas hacen evidente este horizonte común democrático, sobre todo, a través de un discurso ostensivamente institucionalista.
En este punto es donde los dos proyectos guardaron, velado, su secreto pedagógico, propio de las iluminadas conciencias que los lideraban. La pedagogía, sabemos, no constituye un sistema crítico y allí residió la mayor paradoja de estas revistas en los años ‘80: trabajar por la constitución de un ciudadano libre al mismo tiempo que homogeneizaban líneas de acción. Queremos decir que estas publicaciones no sólo intentaban abrir debates para la libre constitución de una ciudadanía lúcida, sino que, la propia idea democrática sostenida por ellas, las llevaba a intervenir en la escena pública persiguiendo, com llamativa insistencia, la observancia de valores institucionales modernos. Si distinguimos, como lo hacen Heller y Feher, tres esferas típicas en las sociedades modernas: la de lo cotidiano, la de las instituciones políticas y económicas y la de las ideas y prácticas culturales, podemos pensar que la intención de ambas revistas, en los ‘80, fue proyectar, desde el ámbito cultural hacia las dos primeras esferas, visiones del mundo significativas articuladas, com exclusividad, sobre la base de relatos democráticos. En otras palabras, en estas publicaciones la visión crítica del mundo no dejó de investirse del gesto pedagógico y formativo de la lúcida conciencia del ciudadano de izquierda. A manera de ejemplo nos detenemos en el editorial del número 17 de Punto de Vista, de abril-julio de 1983, en el que se afirma que:
...una sociedad se democratiza no sólo en las modalidades del ejercicio político, sino en la producción de nuevas condiciones económicas, sociales y culturales, que conviertan a ese ejercicio en una posibilidad efectiva. En nuestra perspectiva, democracia supone una transformación profunda de las situaciones de desigualdad y por lo tanto una vía de reparación de la injusticia en todos los niveles [...] Las reconstrucciones de la cultura argentina, de sus instituciones y de sus redes, de todo aquello que ha sido degradado material e ideológicamente, constituirá un desafío para los intelectuales. Porque esa reconstrucción exigirá debate y espíritu crítico, pero también nuevas ideas. Y los intelectuales no deben participar en ella con mentalidad de preceptores o de profetas, sino como ciudadanos[8].
Vinculado a la prédica institucionalista, este editorial buscaba definir un espacio crítico diferenciado que hiciera del intelectual de izquierda un sujeto histórico definido por su práctica ciudadana y ya no por los perfiles anacrónicos de los preceptores o profetas. Aunque el editorial invitase al abandono del rol de intelectual legislador que impusiera la izquierda hasta entrados los años ‘70, no podemos dejar de señalar el tono imperativo (“no deben”) que asumía este discurso al prescribir, paradójicamente, la renuncia a cualquier mentalidad normativa. Podemos leer en esta peculiar modalidad constructiva del discurso cierta incomodidad suscitada por la necesidad de abandonar el papel, hasta el momento incuestionable, que el intelectual de izquierda asumiera históricamente: el del maestro de la verdad. En diálogo con Foucault, el editorial de Punto de Vista no ignoraba que el intelectual de izquierda había dejado de ser una conciencia representativa, sin embargo, en su discurso aún parecían repercutir los resabios de una elocuencia que aspiraba a revelar una verdad que no podía ser percibida o enunciada por otros[9].
III
Aunque ciertas fisuras discursivas y la insistente prédica institucionalista de estas revistas nos remita al gesto pedagógico de una izquierda que, por esos años, se presentaba como la “vanguardia”de la virtud cívica, no podemos dejar de considerar que estas publicaciones trabajaron por la constitución de un espacio público democratizado, dejando la marca de la indignación frente a lo existente y revelando, en la emocionalidad de sus proyectos, un movimiento dispuesto no sólo a superar el estado de las cosas sino también a escapar de los fantasmas de las izquierdas totalitarias. Este fantasma estaba en el horizonte de estos proyectos y su amenaza exigía que la intervención política y cultural pusiese en escena una práctica ética pensada en términos de autoexamen y redefinición crítica para evitar el fracaso.
En este sentido, el pensamiento de izquierda que orientó a Punto de Vista y Novos Estudos contempló el cambio y la movilidad de sus postulados para no caer en sesgos dogmáticos que le hicieran perder el carácter pretendidamente corrosivo de su intervención. En estas páginas se despliega una revisión crítica del ideario de izquierda a partir de una evaluación retrospectiva del horizonte revolucionario que guiara la reflexión intelectual y la praxis política en la década del ‘70, de una toma de distancia con relación a los procesos históricos de los socialismos reales de Europa oriental y, fundamentalmente, a partir de una reflexión teórica que buscaba articular de manera fecunda el ideario socialista con los principios democratizadores que estaban en juego. Sobre estas cuestiones se producía un debate inevitable por el cual la izquierda era interpelada e inducida a realizar cambios si deseaba seguir el curso de la historia. En líneas generales, este debate dejaba en claro que una reforma intelectual y política de la izquierda pasaba, en ese momento, por el cuestionamiento del marxismo en tanto lógica totalizadora que, de una manera poderosa y eficiente, había funcionado como modelo interpretativo y explicativo de lo social, lo político y lo cultural. Se trataba de denunciar el riesgo totalitario que implicaban las versiones adoctrinadas de un pensamiento que – como señala Hoppenhayn – había sometido la pluralidad de lo social a visiones del mundo deterministas y cerradas[10]. En otras palabras, el autoexamen que se propusieron llevar a cabo estos intelectuales en el contexto de la democratización se concentró en el desenmascaramiento del carácter reductivo de modelos de conocimiento que aspiraban a transparentar el mundo e ignoraban la complejidad de lo real[11]. Más precisamente, estas revistas postulaban una práctica crítica capaz de denunciar las trampas que aprisionaron al marxismo en una fórmula metanarrativa regida por instancias sociales predeterminadas y leyes históricas inmutables. Lejos de la utopía de la sociedad perfecta, transparente, en este autoexamen crítico, las aspiraciones de la izquierda a un orden social equitativo se sostenían en la definición de un orden democrático, proyectado ahora como “una utopía de conflictos, de tensiones y de reglas para procesarlos” [12].
Hacia los ’80, Punto de Vista y Novos Estudos comparten, entonces, un imaginario ideológico que apuntaba a una revalorización de la democracia como base de una cultura política a ser reconstruída y que exigía la configuración de un espacio discursivo diferenciado para el intelectual de izquierda. Un espacio de disenso que aspiraba , por un lado, a generar debates en el seno ideológico de la izquierda a fin de evitar su desmantelamiento y, por otro, intervenir en la coyuntura política proponiendo una interpretación de los acontecimientos que influyese en la opinión pública.[13] Vale decir que, en el contexto de la transición, los intelectuales de estas revistas se sintieron llamados a adoptar una posición de disidencia, tanto con respecto a los conflictos que definían el campo político, social y cultural de las dictaduras como a la ideología y a la praxis de una izquierda que, en tanto credo secular, se había mostrado incapaz de renovar una ortodoxia que pretendía inviolable.
En este doble movimiento las dos publicaciones ponían en relación el ámbito cultural con la esfera pública. Relación que exigía articular de forma coherente sus respectivas prácticas – la de la esfera de las ideas y la de la política; derivándose de esto una acentuada preocupación por una cualidad ética en el desempeño intelectual al que los artículos de las revistas vuelven una y otra vez. Heller especifica que un movimiento reflexiona sobre la ética cuando no se piensa como absoluto sino que se considera un factor histórico más, cuando pasa a tener conciencia de sí mismo y asume una autocrítica y cuando la actividad individual gana relevancia en la comunidad[14]. Si consideramos que los intelectuales de Punto de Vista y Novos Estudos formaron parte de un giro histórico de la izquierda en el que es posible reconocer estas condiciones, es de esperar que este desvelo por un comportamiento ético se inscribiera en las páginas de las revistas a la manera de una interrogación permanente o – en palabras de Castoriadis – de cierto malestar. Buscando responder a esta inquietud, las revistas señalan, en reiteradas oportunidades, que los principios que dirigen el pensamiento y el accionar de un intelectual no constituyen un sistema cerrado y absoluto sino que, por el contrario, se fundamentan en una autonomía relativa que le garantiza a los individuos la posibilidad y el derecho de definir por sí mismos los postulados que orienten sus actos[15]. No resulta extraña esta posición si pensamos que junto con el ideario marxista revolucionario habían caído, también, todas las coacciones del compromiso que de él dependían[16] y, sobre todo, si tenemos en cuenta que la complejidad y la movilidad del juego político de la transición eran sentidos como una amenaza permanente a cualquier aspiración de congruencia. Atendiendo a estas condiciones particulares los intelectuales de Punto de Vista y Novos Estudos configuraron una ética en la que la decisión individual asumía una relevancia significativa y pasaba a ser el fundamento que explicaba y justificaba los desplazamientos políticos e ideológicos que la relación entre la reflexión teórica, la producción textual y la intervención pública llegaban a poner en evidencia. José Arthur Giannotti no desconoce los riesgos de esos desplazamientos estratégicos que imponen períodos de alta inestabilidad histórica como son los de las transiciones y, al respecto afirma:
Antes do texto vinha uma forma de vida, um modo de refletir por meio das palavras, agora é o texto que vem antes como tomada de posição, enunciado o relatório, de sorte que a unidade da vida vai ser coletada por outrem que venha desempenhar o papel de biógrafo. O intelectual de hoje cuida de si como bom negociador de suas opiniões e de suas orações[17].
Cierto tono de nostalgia marca este pasaje en el que se registra la pérdida de una práctica que hacía del intelectual la figura enaltecida que, al decir de Foucault, “lleva sobre sí mismo los valores de todos, se opone al soberano o a los gobernantes injustos, y hace oír su grito hasta en la inmortalidad”[18]. En contraposición, los contextos transicionales cedían el lugar a los estrategas[19], los negociadores de opiniones, obligados a asumir los riesgos de un ejercicio intelectual expuesto a las contingencias de un juego político centrado en la coyuntura[20].
[1] Martín Hopenhayn pone de relieve estas “imágenes límite”enunciadas para referirise a un fin de siglo que parece oscilar entre dos extremos: el desencanto por la pérdida de una mística social emancipatoria y el triunfalismo privatista-instrumentalista. Cf. Desencantados y triunfadores camino al siglo XXI: una prospectiva de atmósferas culturales en América del Sur. In: Ni apocalípticos ni integrados. Aventuras de la modernidad en América Latina. Santiago: FCE, 1995, p.31-58.
[2] En este punto seguimos la línea de pensamiento de Cornelius Castoriadis cuando afirma que se puede “definir a la política como la actividad explícita y lúcida que implica la instauración de instituciones deseables, y a la democracia como el ‘regimen de autoinstitución explícito y lúcido, tanto como se pueda, de las instituciones sociales que dependen de una actividad colectiva explícita”. Cf. El avance de la insignificancia. Buenos Aires: EUDEBA, 1997, p.272.
[3] Cf. Claude LEFORT. Pensando o político. Ensaios sobre democracia, revolução e liberdade. Rio de Janeiro: Paz e Terra, 1991, p. 29-34.
[4] Cf. Alain BADIOU. ¿Se puede pensar la política?. Buenos Aires: Nueva Visión, 1998. p.17-21.
[5] Cf. Agnes HELLER y Ferenc FEHER. Anatomía de la izquierda occidental. Madrid: Península, 1985, p.43.
[6] Paolo Flores D’ ARCAIS. El individuo libertario. Esprit. No. 8/9, agosto-septiembre, 1998.
[7] Zygmunt BAUMAN. La izquierda como contracultura de la modernidad. In: AAVV. La invención y la herencia. La izquierda ante el fin del milenio. Cuadernos ARCIS-LOM. No.4, noviembre-diciembre, 1996, p.29.
[8] Editorial Punto de Vista, 17, abril-julio, 1983. (La bastardilla es nuestra).
[9] En Microfísica del poder, Foucault afirma que la conciencia y la elocuencia eran los aspectos que definían la politización de un intelectual que “decía lo verdadero a quienes aún no lo veían y en nombre de aquellos que no podían decirlo”. Y agrega: “Ahora bien, lo que los intelectuales han descubierto después de la avalancha reciente, es que las masas no tienen necesidad de ellos para saber; saben claramente, perfectamente, mucho mejor que ellos; y lo afirman extremadamente bien”. Michel FOUCAULT. Microfísica del poder, Madrid: La piqueta, p.89-85.
[10] Cf. Martín HOPENHAYN. Ni apocalípticos ni integrados. Aventuras de la modernidad en América Latina. op.cit. p.150.
[11] Cf. Nicolás CASULLO, Ricardo FOSTER y Alejandro KAUFMAN. Itinerarios de la modernidad. Corrientes del pensamiento y tradiciones intelectuales desde la Ilustración hasta la posmodernidad. Buenos Aires: Oficina de publicaciones del CBC, UBA, 1996, p.137.
[12] Emilio de IPOLA y Juan Carlos PORTANTIERO. Crisis social y pacto democrático. Punto de Vista, 21, agosto 1984, p.15.
[13] Este doble movimiento que Daniel Pécaut reconoce en los intelectuales de izquierda brasileños que actuaron durante la transición puede ser pensado, en los mismos términos con relación a los intelectuales argentinos del período. Cf. Daniel Pécaut.Os intelectuais e a política no Brasil. Entre o povo e a nação. São Paulo, Ática, 1990. p.250
[14]. Cf. Agner HELLER .O lugar da ética no marxismo. In: O cotidiano e a história, Rio de Janeiro: Paz e Terra, s/d. p.111-121.
[15] Nos referimos a una ética de la autonomía, en los términos en que la define Cornelius Castoriadis, como necesariamente articulada a instituciones de la autonomía o, en otras palabras, a un régimen verdaderamente democrático. “Una autonomía de esta guisa – afirma el autor – sea en el plano individual como en el colectivo, no nos garantiza, evidentemente, una respuesta automática a todos los asuntos que la existencia humana plantea; aún tendremos que afrontar las condiciones trágicas que caracterizan la vida, el no siempre saber distinguir, ni individual ni colectivamente, dónde campea el bien y dónde el mal. Pero no estamos condenados al mal, como tampoco al bien, porque podremos volver atrás, individual y colectivamente, reflexionar sobre nuestros actos, retomarlos, corregirlos repararlos.” “Miseria de la ética tradicional”. Cornelius Castoriadis. Miseria de la ética tradicional. In: La izquierda ante el milenio Cuadernos ARCIS - LOM. op.cit. p.65-66.
[16] Cf. Alain BADIOU. La ética. Ensayo sobre la conciencia del mal. In: Tomás ABRAHAM, Richard RORTY y Alain BADIOU. Batallas Éticas. Buenos Aires: Nueva Visión, 1995.p.99
[17] José Arthur GIANNOTTI. Cebrap: vinte anos depois. Novos Estudos, 25, outubro 1989.
[18] Michel FOUCAULT. Microfisica del poder. op.cit. p. 197.
[19] Ibid., p. 197
[20] “El intelectual específico – dice Foucault, encuentra obstáculos y se expone a peligros. Peligros de atenerse a luchas de coyuntura, a reivindicaciones sectoriales. Riesgo de dejarse manipular por los partidos políticos o los aparatos sindicales que condicen estas luchas locales. Riesgo sobre todo de no poder desarrollar estas luchas por la ausencia de una estrategia global y de apoyos exteriores. Riesgo también de no ser seguido o de serlo por grupos muy reducidos”. Ibid. p.197.